"Perdona que te pregunte esto; quizá te resulte duro hablar de ello pero... es que es algo que siempre he querido saber... dime... ¿qué es lo que sentiste cuando te atropellaron?". Ésta es la pregunta más difícil que me ha hecho nunca nadie. Pero... me la hacían de manera seria, con curiosidad no malsana, sin afán morboso de saber. Merecía una respuesta y la dí inmediatamente, lo cual, supongo, hizo que se perdieran muchos matices. ¿Qué iba a hacer? Aunque dedicase días a analizar ese momento, no podría ser exhaustiva. De hecho, no se piensa gran cosa, no da tiempo; yo creo que, más bien se siente (es mucho lo que puedes sentir en una fracción de segundo) y... ¿cómo traducir un sentimiento al lenguaje verbal sin traicionarlo por el camino? Es muy difícil.
Trato de volver al momento en el que el proceso del atropello había ya llegado a su fin... trato de recordar todo lo que veo, pero, no estoy mirando hacia afuera, sino hacia adentro. Es demasiado intenso y las emociones se agolpan, se suben una encima del otro, empiezan a agitarse y se mueven todo el tiempo. ¿Qué hago yo aquí, en el suelo? Es tan injusto. ¿Por qué????? Otra vez, ¿por qué? y, tras, o quizá mientras, otros cinco o seis porqués... y... ahora... ¿qué? ¿qué hago? Impotencia. Yo tengo la razón, pero... ¿de qué me ha servido???? Otro actúa mal y yo pago por ello.
Respecto a lo que pensé, recuerdo dos cosas, aunque quizá hubo alguna más. Mi primera reacción: necesitaba el número de matricula y no llevaba nada con lo que apuntarlo. Llamé por teléfono para que copiasen el número de matrícula y el nombre de la calle. Temía que, si lo anotaba de alguna manera en el móvil, pudiese llegar a borrarse. Y, mientras mi cabeza pensaba en lo práctico, en el número de la matrícula, por el corazón me pasaron mis grandes temas pendientes, esos "y si me hubiese matado, esto se habría quedado sin hacer" (por cierto, tras un momento de "exaltación emocional" en el que te decides a arreglar toda tu vida, llega la calma y la mayoría de los "tengo que" se quedan en expedientes sin resolver).
Ahora, con la cabeza fría y la fractura todavía caliente y sin consolidar del todo, lo veo todo de otra manera. Es de lo más duro que me ha tocado vivir; pero... nada es negro al cien por cien. De cada suceso fuerte de la vida se saca, al menos, una lección; y, a veces, incluso, algo más que una lección. Ésta ha sido de las caras, me ha costado mucho, así que tengo que aprovecharla a fondo. Y también... esto ha supuesto para mí un "kilómetro cero": un buen momento para hacer "mudanza", para sacar lo que tengo en mi vida, ver qué es lo que necesito y ponerlo en cajas para llevármelo a la "nueva vivienda"; qué es lo que me llevo sólo si me queda sitio y, sobre todo, de qué debo deshacerme. Y, una vez que ya me haya asentado tras la mudanza, tendré, casi seguro, que comprar alguna cosa nueva.
Podría escribir líneas y líneas acerca del atropello: de todo lo que sentí durante y después. De lo positivo y lo negativo: de todo lo que me ha aportado y todo lo que me ha enseñado; de todo lo que me ha quitado y todo lo que he sufrido. Pero eso me costaría mucho tiempo y esfuerzo, así que, de todo, me quedo con lo más importante, con el instante en que me dije: "¿Ves? ¡No era tan difícil!".