Ahí estaba yo en la sala de espera del traumatólogo, en medio de una de esas ceremonias importantes que marcan para siempre: ponerme el zapato izquierdo. Ni siquiera quité los restos de yeso que me quedaban en el pie; me puse un calcetín encima. Metí la mano en la bolsa ... ¡que bonito era mi zapato! ... Empecé a sentir cómo algo firme y a la vez flexible arropaba mi pie. Por un instante ... me sentí Cenicienta.Y... yo que andaba hacía tiempo buscando el principio de un nuevo cuento en mi vida...
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viernes, 22 de octubre de 2010

Cerca.




Insomnio. Todo oscuro y tranquilo. Los vecinos duermen. Un momento para cerrar los ojos y escucharme. Oigo unos pasos que se acercan. Contundentes; sin parar. Son unos zapatos con un tacón imposible. Cuando lleguen, me los pondré, son de mi número. Están aún un poco lejos; me levanto y voy al encuentro; no voy a esperar sentada.




No sé... tal vez a mí esto del atropello me ha descolocado algo en mi manera de pensar; creo que tal vez, cuando el coche me arrastró se me desencajó alguna pequeña pieza de la lógica ... es que... empiezo a creer que razono raro. El traumatólogo me ha dicho que iba bien, que me había librado de la cirugía y bla bla bla... Y yo... supongo que mis primeros pensamientos deberían haber sido de alegría por librarme de la operación y los malísimos meses de postoperatorio; o quizá haber sentido como mis esfuerzos (aguantando una medicación tan fuerte y ejecutando con precisión suiza cada una de las indicaciones del médico) han dado resultado; o tal vez pensar que en lo que todavía queda para acabar de curar... 

Pero no. ¡Lo primero que me ha pasado por la cabeza ha sido una imagen mía subida en unos tacones imposibles! Supongo que se me habrá puesto una sonrisa boba de felicidad. 

lunes, 14 de junio de 2010

Dime... ¿qué se siente...?

"Perdona que te pregunte esto; quizá te resulte duro hablar de ello pero... es que es algo que siempre he querido saber... dime... ¿qué es lo que sentiste cuando te atropellaron?". Ésta es la pregunta más difícil que me ha hecho nunca nadie. Pero... me la hacían de manera seria, con curiosidad no malsana, sin afán morboso de saber. Merecía una respuesta y la dí inmediatamente, lo cual, supongo, hizo que se perdieran muchos matices. ¿Qué iba a hacer?  Aunque dedicase días a analizar ese momento, no podría ser exhaustiva. De hecho, no se piensa gran cosa, no da tiempo; yo creo que, más bien se siente (es mucho lo que puedes sentir en una fracción de segundo) y... ¿cómo traducir un sentimiento al lenguaje verbal sin traicionarlo por el camino? Es muy difícil.

Trato de volver al momento en el que el proceso del atropello había ya llegado a su fin... trato de recordar todo lo que veo,  pero, no estoy mirando hacia afuera, sino hacia adentro. Es demasiado intenso y las emociones se agolpan, se suben una encima del otro, empiezan a agitarse y se mueven todo el tiempo. ¿Qué hago yo aquí, en el suelo? Es tan injusto. ¿Por qué????? Otra vez, ¿por qué? y, tras, o quizá mientras, otros cinco o seis porqués... y... ahora... ¿qué? ¿qué hago? Impotencia. Yo tengo la razón, pero... ¿de qué me ha servido???? Otro actúa mal y yo pago por ello.

Respecto a lo que pensé, recuerdo dos cosas, aunque quizá hubo alguna más. Mi primera reacción: necesitaba el número de matricula y no llevaba nada con lo que apuntarlo. Llamé por teléfono para que copiasen el número de matrícula y el nombre de la calle. Temía que, si lo anotaba de alguna manera en el móvil, pudiese llegar a borrarse. Y, mientras mi cabeza pensaba en lo práctico, en el número de la matrícula, por el corazón me pasaron mis grandes temas pendientes, esos "y si me hubiese matado, esto se habría quedado sin hacer" (por cierto, tras un momento de "exaltación emocional" en el que te decides a arreglar toda tu vida, llega la calma y la mayoría de los "tengo que" se quedan en expedientes sin resolver).

Ahora, con la cabeza fría y la fractura todavía caliente y sin consolidar del todo, lo veo todo de otra manera. Es de lo más duro que me ha tocado vivir; pero... nada es negro al cien por cien. De cada suceso fuerte de la vida se saca, al menos, una lección; y, a veces, incluso, algo más que una lección. Ésta ha sido de las caras, me ha costado mucho, así que tengo que aprovecharla a fondo. Y también... esto ha supuesto para mí un "kilómetro cero": un buen momento para hacer "mudanza", para sacar lo que tengo en mi vida, ver qué es lo que necesito y ponerlo en cajas para llevármelo a la "nueva vivienda"; qué es lo que me llevo sólo si me queda sitio y, sobre todo, de qué debo deshacerme. Y, una vez que ya me haya asentado tras la mudanza, tendré, casi seguro, que comprar alguna cosa nueva.

Podría escribir líneas y líneas acerca del atropello: de todo lo que sentí durante y después. De lo positivo y lo negativo: de todo lo que me ha aportado y todo lo que me ha enseñado; de todo lo que me ha quitado y todo lo que he sufrido. Pero eso me costaría mucho tiempo y esfuerzo, así que, de todo, me quedo con lo más importante, con el instante en que me dije: "¿Ves? ¡No era tan difícil!".

martes, 8 de junio de 2010

Sense and sensibility II (Carta a mi jefe).

Querido Herr B.:

Sigo todavía en España y sé que me echas de menos.  Soy consciente de que lamentas profundamente que tenga una fractura y que ésta lleve un proceso de curación lento. Sé que te apenaría como a nadie que tuviesen, por fin, que operarme. Y sé que, si esto ocurriese, serías capaz de encontrar en qué hospital y número de habitación estaba para llamarme una y otra vez.

Tienes tantas ganas de que vuelva a M. y al trabajo... Una pena que sea de una manera insana.  Quieres que vuelva, bien o mal, qué más te da. No importa cómo me quede la fractura, ni que me recupere bien. Lo importante es que esté ahí, en mi mesa; al fin y al cabo, aunque el pie me quedase mal, podría seguir ocupándome del teléfono y del ordenador; que en las manos y en la voz no me pasa nada.

Por eso llamaste por teléfono hace unas semanas. Para enterarte de cuándo volvía. Ni yo misma lo sé, pero tú reclamabas respuesta. Que si V. se hizo no sé qué y ya ha vuelto. No sé cómo se puede explicar a un niño de tres años que hay distintas fracturas, distintas circunstancias... No te valía el que yo te dijese que volvería tan pronto estuviese curada, ni un día antes ni uno después. No, tú tenías que saber qué día concreto. Y te enfadabas, y subías el tono de la voz y resultabas tan patéticamente poco diplomático... Y yo veía que, en ese momento, yo tenía la sartén por el mango. El débil siempre sube la voz. Y... luego empezaste a tratar de usted (¡ya era hora! En nuestro trabajo, un jefe y una secretaria siempre se hablan de usted. Y a mí me gusta. Esa distancia protege siempre a la secretaria. No me gusta esa moda de jefe-colega que trajiste tú. El rollo ese de "llámame por mi nombre y de tú" con el que viniste no va conmigo. Ese tipo de jefes sois los peores). Y al tratarme de usted ibas haciéndote pequeñito y débil; porque hablas de usted cuando quieres poner barreras, cuando necesitas protegerte. Y... no me quedó nada claro. No sé si insinuabas que yo tenía que volver estuviese como estuviese, sin curar, o que estaba de "vacaciones en el Caribe", echándole cuento a la vida. Pero, qué se le va a hacer, cuando te enfadas, te atascas, te ofuscas y no te expresas bien. No te pregunté porque... me daba lo mismo.

Vinieron las preguntas indiscretas, el pedir datos médicos concretos que, tú, como licenciado en derecho, sabrás que no puedes pedirme. Te dí datos, porque me da igual. Pero sé que, si quiero, puedo no dártelos. Considera esa información como una limosna, en el sentido más despectivo de la palabra. Y... recriminarme mi actitud. El que no hubiese llamado para dar datos concretos y previsiones de la baja. Ya te lo dije, mi actitud es la correcta. Yo envío los partes de baja y no tengo por qué llamar. Además, como también te dije, "históricamente" cuando alguien ha estado de baja, no ha tenido que llamar él; sino que se le ha llamado de vez en cuando para interesarse por su salud, y, de paso, ya se veía cómo iba. Te dije, también que mi baja ya está controlada por los mecanismos habituales en estos casos, y te informé acerca de cuáles eran, porque empiezo a pensar que, visto lo visto, cuando explicaron estas cosas a los de tu clase, tú te habías hecho una fractura como la mía y no ibas a clase y por eso no te enteraste de nada.

A medida que te escribo, me doy cuenta de una cosa: que no tengo remedio. Estaba enfadadísima contigo y ahora... si es que... al final... me puede el cuento de la pena. Cuando pienso en tí, siento una profunda tristeza. ¡Pobre! ¡Qué desgracia la tuya!

Deseándote sinceramente una rápida mejoría en el maltrecho estado de tus buenos sentimientos.

Un cordial saludo,

María

viernes, 4 de junio de 2010

Sense and sensibility.

Hay personas que son cabales, otras sensibles, otras tienen las dos cualidades juntas (¡una suerte!). Y mi jefe... no sabría yo muy bien decir si es un desastre que no tiene ni sense ni sensibility o si es un genio del disimulo y, en una actuación digna de un Oscar, mantiene sus talentos ocultos al mundo.

M., una ciudad a cuatro mil kilómetros; Herr Boss, mi jefe, y yo misma, María, la secretaria. Los últimos días en el trabajo habían sido especialmente intensos y me había tocado salir tarde para sacar todo. El día D parecía que iba a ser un buen día: a la hora de la comida, mi jefe se fue al gimnasio (como hace habitualmente, varios días en semana) y, siguiendo su costumbre, se tomó el tiempo del almuerzo y las dos horas siguientes para hacer ejercicio. Mientras él estaba dedicado a endurecer glúteos, la tarde en la oficina pasaba tranquilamente. Una de esas tardes con muy poco trabajo. Mi deducción lógica: si ahora no hay trabajo, quiere decir que saldré a mi hora. La tarde prometía. Pasaban ya más de cinco minutos de la hora de salida y mi jefe seguía fuera de la oficina. Fuí a cambiarme de calzado y... cuando ya salía... me dicen que Herr Boss había vuelto y andaba buscándome.

En un arrebato de "sensibilidad",  mi jefe decide hacer salir tarde a su secretaria...
  • ...que llevaba varios días prolongando su jornada laboral,
  • ...para hacer una tontería que podría haber esperado al día siguiente, y que podría haberse hecho en horario laboral, mientras él estaba en el gimnasio,
  • ... demostrando un nulo respeto hacia el tiempo de los demás (una secretaria debe sacrificar su tiempo libre para que él pueda ir a hacer pesas).
Parecía no tener prisa en acabar con unas tonterías que no eran urgentes.  Y... bueno... yo no tengo problemas en quedarme si es por trabajo; pero... lo de salir tarde por el gimnasio de Herr Boss...
Al final no me entretuvo mucho tiempo, sólo lo suficiente como para retrasar un rato mi hora de salida.

Mi, por fin, camino a casa: como todos los días, el paseo hasta el metro, un placer y un relax. Un barrio muy bonito, en el centro, edificios antiguos... Andaba paseando. Crucé una vez, dos, tres, cuatro veces. Por el paso, siempre atenta; hay demasiados coches como para no mirar bien por dónde pasas. La quinta vez, un paso de cebra, visibilidad perfecta, todo en orden... y... cuando estaba a mitad del paso... un coche me embiste, me tira al suelo y me arrastra. Supongo que el conductor sería uno de esos que acelera antes de llegar al paso para que el peatón se eche a correr y no tener que parar. Policía, ambulancia, informe médico en el hospital público, una férula en la pierna... una pesadilla. Al día siguiente, viaje a España, con dos muletas, yeso en la pierna...

Si ese día hubiese salido a tiempo (no había ningún motivo para no hacerlo), las cosas hubiesen sido de otra manera. Tal vez me hubiese caído una maceta en la cabeza; o me hubiese salpicado un coche; o me hubiese encontrado en la calle a alguien a quien no me apetecía ver...o incluso... me hubiese atropellado otro coche en otro paso... pero eso, eso no lo sé. Sólo sé que, si ese día hubiese salido a tiempo... seguro que no hubiese tenido esa coincidencia espacio-temporal con ese coche y... no me hubiese atropellado. Llevo ya así más de cuatro meses y la fractura no va bien del todo.

Sense and sensibility: la primera reacción de mi jefe cuando le contaron todo. Dado que en mi ordenador estaba todo lo referente a un tema importante, que, sobre todo, antes de irme, dejase mi clave y un número de teléfono por si me tenían que llamar para consultar algo.

Continuará

domingo, 9 de mayo de 2010

Soñar...

El viernes, al despertarme, recordaba todavía algo que había soñado. Hacía un montón de tiempo que no recordaba un sueño. Y no sé si esto es bueno o malo. Hay quien dice que si recuerdas lo que has soñado es que tu sueño no ha sido lo suficientemente profundo; otros, ven en los sueños una puerta al inconsciente que no hay por qué cerrar; algunos viven una vida mejor cuando sueñan; se cuenta que se han solucionado problemas matemáticos mientras se soñaba; incluso, existen técnicas para, de alguna manera, programarlos. Y... ¿quién puede decir que nunca ha sucumbido a la tentación de hojear uno de esos libros de interpretación de los sueños?

Para mí, son algo misterioso, pertenecen al mundo de lo mágico y, tratar de hallar una explicación racional... sería ir contra su naturaleza. A veces los escucho y extraigo el mensaje que llevan; otras, simplemente, disfruto de ellos y me dejo llevar. E incluso, durante los ultimos años,  no especialmente buenos para mí,  han sido más de una vez una válvula de escape: cuando el día es una pesadilla, es bueno que, al menos la noche, sea un sueño.

Hay veces en las cuales una angustia tuya te persigue hasta la puerta de tu sueño y ...¡logra colarse dentro!  Y... por la mañana te despiertas rara.  El viernes amanecí con esa sensación tan... agria. Tuve un sueño corto y muy visual, como un anuncio. Tenía unos zapatos negros en la mano. No eran ni bonitos ni feos, eran... anodinos. Sólo tengo un recuerdo perfecto, fotográfico ... del tacón... alto, bastante alto, aunque no era de aguja. Iba a ponérmelos y ... lo lograba. Un segundo y ... tenía que quitármelos... no podía llevarlos. No sé lo que diría Freud acerca de soñar con tacones... pero... seguro que algo no muy acertado: al fin y al cabo, esa misma  mañana, él no tenía que pasar por el trago de ir al traumatólogo.

El viernes tenía revisión.  Llevo ya tres meses y medio... y... desde que me quitaron el yeso, voy a cada visita con una mezcla de ganas recibir buenas noticias y de miedo a que no me las den. Quiero que me quiten al menos una de las muletas; pero, ha habido complicaciones... y... no hay manera. Tengo muchas veces un temor paseando por mi cabeza... ¿y si no llego a quedarme bien del todo?... cada vez que duele todavía, con cada dificultad... Y... entonces, me imagino a mí misma al final del proceso, curada, llevando zapatos de tacón. Hoy, domingo, puedo decir que, ironías de la vida, mi sueño se ha cumplido (¡lástima que se sea el sueño malo, en el que no podía usar los zapatos negros de tacón!)... todavía no puedo llevar tacones... en su lugar... llevo todavía las dos muletas. No hubo buenas noticias... sino malas...

Ante esto... ¡no me rindo! Ahora mismo, mientras escribo, me imagino con zapatos de tacón, pero no negros. Sigo el tratamiento con la misma ilusión que lo seguía al principio, cuando las noticias no eran tan malas. Supongo que necesito un pequeño milagro... así que... tendré que emplear un método de eficacia más que probada, la filosofía de un gran "consigue-milagros": de Vicente Ferrer... no hay que esperar el milagro, hay que salir a buscarlo. Voy a buscar tan bien... que... seguro que lo encuentro.




jueves, 29 de abril de 2010

Quién me manda a mí meterme en esto.

Si me dicen hace unos meses que iba a estar yo ahora escribiendo en público... Pero, es que, de la noche a la mañana, me he visto arrojada al pozo sin fondo de la vida ociosa y desocupada. No es que, de repente, un millonario de un país exótico haya entrado en mi vida y se haya puesto a hacer mejoras; ni siquiera un millonario de los de aquí, de esos más de andar por casa. No, no voy a salir en el "Hola" (y, que conste, que no será por ganas); aunque, tal vez, podía haber tenido mi pequeño momento de gloria en la crónica de sucesos. 

Llevo más de tres meses recuperándome de un atropello (¡de los de tráfico! Los de otro tipo... quizá para otra entrada). Empecé ordenando fotos; seguí con la manta de ganchillo; me dediqué con frenesí a limpiar mi bandeja de correo electrónico; he devorado libros y no he dejado ni las migas...y, si no caí en hacer una colcha a punto de cruz (como ha hecho otra persona que ha estado en circunstancias similares), fue porque el punto de cruz me aburre soberanamente.

Llegó un momento en el que yo misma empecé a darme cuenta de que las cosas no iban bien. Mi hito en el camino, mi punto de inflexión fue... el foro de fractura de maléolo (antes del atropello desconocía que tenía dos de éstos). Yo nunca había entrado en un foro; y, la verdad, es que lo hice por pura casualidad (eso dice todo el mundo). Iba leyendo todas las historias, y no es que fueran especialmente alentadoras; luego me dí cuenta de que las personas que se reponen rápido y bien no se preocupan de contarlo por los foros. Estuve incluso a punto de contar mi experiencia; que, por aquel entonces, no era mucha. Para comprender esto hay que ponerse en situación, lo de "unidos por la fractura" es toda una experiencia emocional. Pero... fui fuerte y no caí. Cerré la página por las bravas, sin siquiera guardar la dirección en "favoritos".

Soy consciente de que una empieza en el foro de fractura de maléolo y acaba en cosas peores (creando en facebook un grupo que se llame  "A mí tampoco me había cerrado la fractura cuando me quitaron el yeso"). Por eso he empezado este blog; como mal menor.

Y ahora...una gran pregunta. ¿qué me lleva a pensar que alguien va a leer esto?????. La respuesta... ¡dentro de unos días!