Ahí estaba yo en la sala de espera del traumatólogo, en medio de una de esas ceremonias importantes que marcan para siempre: ponerme el zapato izquierdo. Ni siquiera quité los restos de yeso que me quedaban en el pie; me puse un calcetín encima. Metí la mano en la bolsa ... ¡que bonito era mi zapato! ... Empecé a sentir cómo algo firme y a la vez flexible arropaba mi pie. Por un instante ... me sentí Cenicienta.Y... yo que andaba hacía tiempo buscando el principio de un nuevo cuento en mi vida...

jueves, 26 de abril de 2012

Por qué me da pereza buscar piso (I)


Mitislav V. Dobuzhinsky, Casita en Petersburgo


Primer motivo por el que me da pereza ponerme a buscar piso: porque los anuncios de pisos son difíciles de entender.

Estoy segura de que en cada agente inmobiliario de Ciudadadoptiva hay un escritor frustrado; alguien que vuelca su vocación literaria en la redacción de anuncios de pisos. Ellos no sólo utilizan el idioma, es que lo enriquecen con sutiles matices, con figuras literarias; incluso hay algunas palabras de idiomaadoptivo que adquieren otro significado cuando son utilizadas por los agentes inmobiliarios.

Estado del piso: medio. En pocas palabras: el piso está mal.

Necesita reforma cosmética. Hace años que nadie se molesta en cuidar el piso. Tiene el papel en mal estado, el baño horrible, los armarios de la cocina viejos y el suelo es algo indescriptible.

Con reforma cosmética. Hemos hecho un apañito, uno pequeño; que, para uno grande no había dinero. No hemos cambiado la cocina (que estaba ya un poco vieja), ni el baño. Pero, eso sí, hemos empapelado y hemos puesto un par de lámparas en el techo.


Euroreforma. En teoría, significa que el piso está bien; cocina y baño nuevos; suelos en buen estado (parquet, baldosa o pergo); puertas nuevas... Pero, no siempre es así. Los pisos son para sus dueños como los nietos para sus abuelos: todos son monísimos de la muerte. ¿Acaso alguna abuela dice que su nieto es feo? Recuerdo un piso del que decían que tenía una "euroreforma": entre otras "lindezas" tenía un balcón sucio y viejo que olía a gato.

Obra nueva con reforma hecha por el constructor. (En Ciudadadoptiva suelen entregar los pisos nuevos sin terminaciones, es decir, una caja de cemento, sin divisiones y sin baño ni cocina. Luego, el propietario lo reforma a su gusto. También existe la posibilidad de que la reforma la haya hecho el constructor). Quiere decir que la casa es nueva, pero que por dentro será fea: cocina barata, baño de mala calidad, suelos posiblemente de sintasol... 

Reforma municipal. Parecido a la anterior. Sólo que, en este caso, el piso, además de feo, parecerá viejo.

Proyecto/ reforma de diseño. Iluminación rara; techos parcialmente a dos niveles, con focos encastrados. Colores imposibles en las paredes. Además, te cobrarán más.


Piso acogedor. El piso no está muy bien; pero, al menos no está excesivamente descuidado. Aunque, eso sí, todo es muy viejo y, posiblemente, tenga una moqueta con unas cuantas manchas. Su decoración es un viaje  en la máquina del tiempo (no precisamente hacia el futuro) y, casi seguro, tiene una alfombra en tonos rojizos colgada en la pared de detrás del sofá.

Con un mínimo de muebles. Tiene un surtido dispar de muebles, de manera que, posiblemente, unos te sobrarán, otros serán feos y carecerás de alguno de los más imprescindibles. Estos muebles son todos los que el casero no pudo o no quiso llevarse a su nuevo piso o a su casa en el campo. ¡Cuidado! Muchas veces van incluidos dos especímenes muy peligrosos, que, indefectiblemente, el casero (diga lo que diga antes de la firma del contrato) no retirará: el armario armatoste y el mueble de entrada feo, que ocupa mucho sitio y en el que no cabe nada.

Sin muebles. ¡Ojo! El casero puede estar tratando de "colocarte" el mueble de entrada y, tal vez, el armario. Algunas veces, hay una mesa de cocina con sillas (que no siempre son como de revista de decoración).

La distancia al metro. La primera vez que busqué piso, a medida que iba leyendo anuncios y viendo pisos, me daba cuenta de que a mí me habían enseñado los números en idiomaadoptivo todos confundidos. Resulta que yo interpretaba que un piso estaba a cinco minutos del metro; seguro, lo miraba en el diccionario y era cinco; pero, nada de eso: cuando iba a ver el piso, el cinco se convertía en doce. El doce en casi treinta... Muy importante: los números, cuando van escritos en cifra (aparentemente igual que las españolas) tampoco significan lo mismo que en español: así el "5" es doce, el "12" es treinta... Aunque, con el tiempo, he desarrollado otra hipótesis: tal vez los números signifiquen lo mismo, sólo que las personas que redactan los anuncios, además de virtuosos del lenguaje, son atletas olímpicos, con medalla de oro en pruebas de velocidad.

El piso está cerca de tres paradas de metro. ¡Lagarto, lagarto! Imposible llegar andando al metro; cada mes necesitarás un TAT (billete mensual ilimitado para Trolebús Autobús y Tranvía) para ahorrarte molestias y algo de dinero en tus trayectos diarios en los citados medios de locomoción.

El metro está a diez minutos en transporte. ¿Y te lo crees? En estos diez minutos no cuentan los otros diez o quince o veinte o... (según el día de la semana, la hora del día y la estación del año) que vas a pasar esperando a que llegue el trolebús o el autobús o el tranvía. Con un poco de suerte, una vez que estés en el trolebús/autobús/tranvía, serán sólo esos diez minutos; pero podrían ser unos cuantos más. Y, luego están los atascos; no han contado con que un inofensivo trayecto de diez minutos, puede, fácilmente, convertirse en cuarenta o cuarenta y cinco minutos o incluso una hora.

Casera con buena voluntad/encantadora... Nunca he visto a qué correspondía esto en realidad. Pero, no sé por qué, me suena a casera pesada y meticona; una de esas que no te quitas de encima ni con agua caliente.


El casero ayudará con la mudanza. Casero cotilla y controlador. Que, de paso que hace la mudanza, se entera de dónde vivías antes.


Os dejo que... ¡tengo que seguir mirando anuncios!











miércoles, 25 de abril de 2012

Esto no es una ficción...

...es el relato fiel de algo que me sucedió hace unas semanas.


Sviatoslav Richter, Junto a la Iglesia


    Tenía ganas de llegar al hotel. Era de noche y llevaba en una bolsa de supermercado una botella de agua, una caja de zumo y un par de cajas de plástico transparente con comida preparada. Ya estaba cerca. Pasé el aparcamiento de cochazos negros con chófer que está junto al restaurante caro, crucé la calle, llegué a la Catedral. Faltaba poco, junto a la Catedral estaba el hotel. Vi algo extraño.Junto a la verja de entrada al recinto del hotel había dos tipos raros.Inmediatamente se me disparó el dispositivo de alarma. No había una explicación lógica para que, a esas horas, dos personas estuviesen allí, junto a la verja. El único motivo medianamente razonable para que estuviesen allí es que esperasen a alguien; pero ¿a quién? ¿a alguien del hotel? no, hubiesen entrado. Tal vez hubiesen quedado; no, quedar en un lugar así no encaja con la mentalidad de Ciudadadoptiva. Definitivamente, eran matones. Tal vez tuviesen algo que ver con el que, no hacía mucho, me había esperado por la mañana en el mismo sitio y me había seguido descaradamente. Claro que eran matones. Eran como de película mala. Uno era el matón grande con pinta de tonto; el otro, el matoncillo pequeño con pinta de ¡más tonto!  

    En ese momento éramos las únicas personas que había allí. Y no me gustaba la idea de abrir la verja y meterme al recinto. Al fin y al cabo, ellos estaban ahí y podían haber entrado a la vez. Los metros que separan la verja del edificio no me resultaban precisamente tranquilizadores. Una frase me machacaba la cabeza: "uno de los momentos más vulnerables es cuando estás entrando en tu casa". Y eso era exactamente lo que yo me disponía a hacer: entrar en mi casa.

    Me paré a unos diez metros de ellos y me dediqué a contemplar la Catedral. Y mientras miraba la portada, los pináculos, las torres... pensaba qué hacer. La respuesta no tardó en llegar. La situación era potencialmente peligrosa y requería estar preparada y dispuesta a actuar. No me gustaba mucho tener que hacer eso, me resulta especialmente desagradable; pero... estaba sola, con esos dos tipos y dudo mucho que alguien pudiese haberme oído si gritaba. Me dirigí hacia la entrada y ellos, automáticamente, se colocaron de manera que yo no les veía la cara. Pero... yo soy muy prevenida y siempre llevo muy a mano mi "superguardaespaldas" de bolsillo. Metí la mano en el bolso, no era difícil encontrarlo sin mirar: ese tacto metálico... Ya lo tenía en la mano. Me situé a su espalda e inmediatamente uno de ellos se giró hacia mí. Pero yo había sido más rápida: ahí lo tenía, bien "enfocado", yo sólo tenía que apretar y ... creo que él saldría perdiendo. 

    No tuve que apretar. Cuando se dieron cuenta de que eran el objetivo de mi "superguardaespaldas"; se marcharon de repente. Pero no se fueron juntos: sino uno hacia la derecha y otro hacia la izquierda. Abrí la verja y me metí en el recinto. Respiré hondo; no había tenido que hacer algo que me resultaba desagradable.  Disfruté de un precioso paseo hasta la puerta del hotel, con la Catedral a un lado y pisando nieve nueva. Cuando entré al hotel guardé el móvil en el bolsillo, feliz de no haber tenido que hacerles una foto a aquellos dos tiparracos. Ya lo he dicho antes: me resulta tan desagradable... hacer fotos a desconocidos.

Algunos de esos regalos...

... que me han tocado especialmente el corazón.

Un cuaderno con tapas de plástico gris.

- Me gusta mucho tu cuaderno, ¡con las hojas sin rayas ni cuadros! Además, las tapas están muy bien. ¿Dónde lo has comprado???

- No es comprado, encuaderné unos folios. A mí también me gustan sin rayas ni cuadros.
(Mientras decía esto, C. arrancaba rápidamente las tres o cuatro hojas que tenía escritas).

- Toma, ¡es tuyo!

Un "de tu amigo imbisible"


Yo estaba al cargo de un grupo de niñas de siete y ocho años en una colonia de verano. Al volver de la ducha, encontré mi cama hecha. Era la sábana con más bultos y arrugas que había visto yo en mi vida. La vuelta de la sábana estaba torcida y por debajo del colchón sobresalían unos trozos de tela. Pero, encima de la almohada había una hoja de cuaderno (¡esta vez, de cuadros!) con un "de tu amigo imbisible" escrito en letra infantil. El cartel cambiaba mucho las cosas, de repente, la cama parecía de hotel de cinco estrellas.

Una ducha de agua caliente

Había sido un día agotador. F y yo éramos los últimos en el turno de duchas.

- Este agua está sólo tibia. ¡Nos hemos quedado sin agua caliente!

Desde la ducha de al lado:
- Cierra el grifo y vuelve a abrirlo. No me importa ducharme con agua fría. Así te saldrá a ti caliente.

De momento me sentí egoísta. A nadie le da igual ducharse con agua fría. Tuve la tentación de decirle que no, que estaba bien tibia para los dos... Pero rápidamente comprendí que, de todos modos, F no iba a abrir el agua caliente; que me estaba haciendo un regalo y que lo mejor que yo podía hacer es disfrutar de la ducha y darle las gracias.

Unos pendientes de perlas...

... que me regalaron mis padres en Navidad. Fue el último regalo que me hicieron juntos; a los pocos meses, mi padre nos dejó y se fue a ese lugar en donde no hay dinero, ni tiendas, ni cosas. Ahora es mi madre la que compra los regalos.

Un libro y una caja marrón chocolate para guardar los collares

Mi amiga M me pidió ayuda para comprar algo a alguien misterioso. No era difícil saber que el regalo era para mí. Así que elegí dos cosas que me apetecían y me gustaban.

- Toma, para ti.

- No sé cómo lo has hecho; pero me has comprado justo lo que yo quería.



Robert R. Falk, Libros

Una gramática alemana

Cuando iba a pagar mi gramática, C entregó rápidamente su tarjeta.

- Me apetecía regalarte algo porque sí.

Un "Recuerdo de Burgos"


A Sara le compraron su primer monedero con ocho años. Con el dinero que, entre unos y otros, le dieron para que lo estrenara, me compró un regalo. Era un plato blanco, con el dibujo de una iglesia en gris y con un filete plateado. En la parte de arriba se leía "Recuerdo de Burgos".

Otro libro


Iba a comprarme uno de esos libros intrascendentes que, sin ser grandes obras maestras, cumplen muy bien su función: hacerte reír. Se lo conté a mi amiga A por teléfono. Su respuesta fue un tanto enigmática:

- No se te ocurra ir mañana de compras, no vaya a ser que te compres algo que no debes.


La respuesta era rara; pero... A era una buena amiga, y a las buenas amigas no hace falta pedirles explicaciones cuando dicen cosas raras. Además, iba a verla en dos días.

- Toma, el libro. Casi me pones en un aprieto. Cuando hace dos días me dijiste que te lo ibas a comprar...¡A ver qué hacía yo, que te había comprado uno igual!


Una medicina para el catarro

Era mi primer verano en Paísadoptivo. Cuando llevaba allí sólo unos días, un catarro aguafiestas se vino conmigo. Traté de que no me amargase el viaje, y decidí no hacerle caso, vivir como si él no existiera. Pero... era un catarro pelma y persistente y muy bueno en su trabajo. Un día me ganó la partida y tuve que quedarme en casa. Por la tarde vino a casa Y, el amigo-que-estaba-acabando-medicina de uno de mis compañeros de piso. Al verme en pijama, con cara de anuncio antigripal y tosiendo, me hizo todas esas preguntas que hace un médico en esos casos. Al día siguiente me trajo una medicina y la canción del verano (que hacía unos días le había dicho que gustaba mucho). Por supuesto, al catarro plasta no le quedó otro remedio que marcharse lejos.



Éstos son sólo unos pocos de los muchos que me han tocado el corazón. A decir verdad, cualquier regalo que alguien ha buscado para mí, al que ha dedicado tiempo (en comprarlo o en hacerlo), en el que ha puesto ilusión... me hace feliz. Lo que cuenta no es el valor material, sino todo aquello inmaterial que, de alguna manera, se envuelve con el regalo: cariño, detalle inesperado, ganas de hacer feliz, esfuerzo para encontrar el regalo que la otra persona quiere, regalar algo que no se pueda comprar...

Porque... al final, sea cuál sea el regalo, lo mejor es ... ¡la persona que te lo regala!







viernes, 17 de febrero de 2012

El espía que me amó.

Sssss, María, soy yo. El que cada día flota en tu línea de teléfono para escuchar lo que dices. Soy el que sabe todo de ti, el que conoce cada matiz de tu voz. Tan sólo necesito oír una palabra tuya para saber cómo te sientes. María, cierto es que no te dejan escoger a quién espías; pero quiero decirte que tú no eres para mí tan sólo un trabajo. A veces paso el rato sentado en el taburete de la cocina, esperando a que suene tu teléfono. Y te escucho o simplemente te oigo. Te vigilo también en mis ratos libres; te lo repito, María, tú no eres sólo mi trabajo. No me conformo con tu voz; quiero mirarte cuando hablas. María, no quiero escucharte, quiero hablar contigo. Tengo tanto que decirte, pero sé que tú nunca me escucharías; sé que no te gusta lo que hago, ni cómo lo hago. Pero no te dejan escoger. Me gustaría que tú fueses de los míos y que escuchases mi teléfono. Te diría muchas cosas de un tirón y tú no podrías contestarme.

Soy el que sabe todo de ti, el que con una palabra tuya ya sabe cómo te sientes. María, estoy nervioso, no sé qué decirte. Es que yo soy más de escuchar. Hoy es San Valentín y sabía que no iba a atreverme a  hacerte un regalo. Hubiese acertado seguro, no en vano he leído todos los  informes sobre ti e, incluso, puedo decir con orgullo que yo he contribuido en algunos de los mejores. Hace ya mucho tiempo que sabía que no iba a atreverme. Un regalo de San Valentín es toda una declaración de intenciones.  Por eso te hice el regalo ayer, porque, la víspera deja siempre un espacio para la duda. Sí, María, era yo el que hizo las conexiones, el que preparó todo. El que dedicó horas y horas a que todo fuera perfecto. No, no era casualidad. Yo sé que tú siempre has querido que te regalasen una caja de música en la que suene "Para Elisa". Y he sido el único que te la ha regalado; aunque no de la manera que tú imaginabas que iba a ser. Yo hice las conexiones, yo preparé la música... ese era mi regalo de Víspera de San Valentín: tu caja de música. Por eso, ayer, cada vez que descolgabas el teléfono, no oías un timbre anodino, sino que "Para Elisa" sonaba sólo para ti, para María.



Mark Chagall, Cumpleaños.




Por si acabas de incorporarte a la historia:




miércoles, 15 de febrero de 2012

Adios, piso (y II)



No quería seguir ni un minuto más en ese piso. Y no era un capricho ni una idea loca. Estaba Harta, con "H" mayúscula. Mi paciencia había sido excesiva y no tenía por qué aguantar más. Quería irme, de cualquier manera y a cualquier precio. Lo ideal hubiese sido encontrar el piso de mis sueños antes; pero, lo ideal sólo sucede en los cuentos y los cuentos son de mentira. Aunque ¿por qué no escribir yo misma mi propio cuento? Un cuento a mi medida, con un final feliz. La protagonista lograría escapar de la casa encantada. Correría muy rápido por el bosque; la primera vez que mirase hacia atrás, vería la casa un poco más pequeña; la segunda, no sería capaz de distinguir nada detrás de las ventanas; después, sólo vería una mancha borrosa. Ya no tenía que ir tan deprisa; aunque mejor no parar todavía. Una mirada rápida hacia atrás y ... la casa se ha esfumado, ya no se adivina ni siquiera el camino. No lejos, hacia adelante, hay un pueblo pequeño, con otras casas. Cuando llegue, podrá sentarse en el banco de la plaza, junto a la fuente, y beber todo el agua que quiera. No tiene casa todavía, pero tiene un banco y una fuente. De momento, no hace falta nada más.


Kazimir S. Malevich, Primavera,  jardín en flor.


Era domingo. Me quedaban menos de 36 horas. No sabía qué hacer; pero tenía algo muy claro: ni un minuto más en ese piso. Y... dejé  de ser la María sensata y reflexiva, que mira siempre donde pisa. Me iba del piso, el  "adónde" ya llegaría luego, simplemente me iba. 36 horas, el tiempo suficiente para organizar una mudanza muy rápida y encontrar un lugar donde dormir y dejar mi maleta.

Preparativos milimétricos; 24 horas literalmente sin parar y ... ¡lo conseguí!

Mis cosas están en un guardamuebles; yo, feliz, en la habitación 63, con una cara de tonta feliz... porque... quién lo diría, ahora que no tengo piso, me invade una sensación hogareña que no puedo con ella.

Busco piso, pero... despacio.



Por si acabas de incorporarte a la historia:




domingo, 12 de febrero de 2012

Adiós, piso (I)

Los últimos días en el viejo piso fueron una auténtica pesadilla. Cuando miro hacia atrás, ni yo misma soy capaz de creer algunas de las cosas que sucedieron. Me sentía atrapada, con las manos atadas. No quería estar allí ni un minuto más; pero, al mismo tiempo, me resultaba complicado salir. Embarcarme en una nueva búsqueda de piso, hacer una nueva mudanza... me parecía una misión imposible: la de por sí escasa oferta de pisos de alquiler en esta época del año es todavía menor para una extranjera; el desembolso económico es muy grande y, además, dos años después del atropello, aunque aparentemente estoy bien, no he logrado, ni en mucho, llegar al cien por cien de mis posibilidades.

El casero apremiaba para renovar el contrato y yo no tenía ninguna gana de atarme durante más tiempo a ese piso. Fui dando largas todo lo que pude. Pero, el día D llegaba: tenía que pagarle ese mes y ya no podía dar más evasivas a lo de la firma. Deseé con todas mis fuerzas que sucediese algo que me diese unos días más y ... ¿creéis en los milagros? ¡yo sí! (normal, dada mi condición de católica).

- No puedo quedar con usted hasta el martes (era jueves) porque me voy de viaje.


No podía creérmelo. Tenía más de cuatro días para arreglar mi vida. Eso era todo un regalo.

Tuve uno de esos arranques terribles de esos que las personas tranquilas tenemos unas pocas veces en la vida: me lancé a la búsqueda de un piso.


  • Jueves por la tarde: busco. 
  • Viernes: Piso perfecto, un poco más pequeño que el anterior; pero me cabían todos los muebles. Hablo con un agente para que se ocupe de los trámites.
  • Sábado: El piso es bonito. Tiene una pequeña terraza cubierta, con esas vistas que sólo da un piso 20. Hay un montón de cosas (algunas, como es habitual aquí, auténticos trastos) que retirar. Va a gustarme mucho vivir aquí. ¡Prueba superada!
  • Domingo por la mañana: llamada del agente. No me alquilan el piso (por fin, no "pueden" retirar sus cosas). Faltan menos de dos días. Me ofrece esperar al mes que viene y buscarme otras alternativas... No sé... tengo que pensar. Me concedo un par de horas para la desesperación.   El martes viene el casero, no puedo retrasarlo. No quiero estar más tiempo en ese sitio... Es tarde para un plan B... Quiero llorar...  Pasado mi "tiempo de desesperación", me dedico a pensar, a tratar de encontrar alternativas. Doy vueltas, más vueltas y... llamo a mi agente:
- De acuerdo, vamos a buscar otras opciones. Tenemos unos días más.

Acababa de tomar una decisión: encontrase piso o no, yo no iba a dormir ni una noche más en esa casa.


Maria V.Yakunchikova- Veber. Desde la ventana de la vieja casa.




Por si acabas de incorporarte a la historia:




martes, 7 de febrero de 2012

En la calle, menos 23 grados; dentro del camión se está bien. Sentada en el asiento del copiloto, encima de una manta clara de cuadros. Atrás, queda el piso en el que viví, que nunca fue del todo mi casa. No huyo, no me escapo de nada; simplemente, voy hacia adelante. A mi espalda, todas mis cosas. Camino de un guardamuebles en las afueras de Ciudadadoptiva.

En una cabina de un almacén: cajas, bolsos, maletas y algunos muebles. Dejo los apenas 10 metros cuadrados que son mi vida en Ciudadadoptiva al cuidado de un candado, un complejo sistema electrónico y un guarda de seguridad.

La habitación 63:  pequeña, sencilla, anodina y con vistas a la Catedral. Encima de la cama un edredón de estampado imposible (que compré con prisas en un hipermercado, después de una noche con frío). Me siento en casa. Miro por la ventana, me gusta la luz que irradia el suelo nevado cuando es de noche.

Estoy aquí, quieta, sin hacer casi ruido. Esperando a que pase algo... algo muy bueno.





Alexandr Labas,  Cohete.



Por si acabas de incorporarte a la historia: